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EL SÚPER AGENTE DEL 96
(Un Paranoico en paranoia Parte I)
Conocí a Jesús Sosa en Agosto de 1996. Estaba vestido de civil aquella tarde de sábado, sentado en la salita de espera del entonces General José Villanueva. Yo vestía unos jeans Levis azules, un polo blanco, mi blazer negro, fichón, compradito en Lima y unos borceguíes de la industria militar que conseguí en el cuartel. La mirada de Bazán, como solían llamar a Sosa en ese entonces, reflejaba su único objetivo: entrevistarse con la máxima autoridad de la Sétima Di, como le decían a la Comandancia del Ejército de Lambayeque, donde yo prestaba servicio técnico e informático a su red de computadoras.
A mí ya me habían invitado a asimilarme como técnico en aquel cuartel y aún seguía aplazando mi respuesta. El suboficial Zambrano, amigo mío del departamento de Informática, con quien coordinaba la seguridad de la red me revelaba muchas cosas. Entre éstas que Bazán (Sosa) pertenecía a un grupo paramilitar secreto, que había matado a muchas personas (en ese tiempo yo no sabía que se trataba del grupo Colina), y que Villanueva (Hoy en la cárcel) sería el Comandante General del Ejército peruano, tal como sucedió años posteriores.
Dos semanas después pude cruzar algunas palabras con este siniestro y secreto personaje del ejército. Fue el siguiente sábado en la misma salita de espera. De dónde eres – preguntó, y qué haces aquí? Casi no hablaba de sí, sólo hacía preguntas y más preguntas de manera incisiva.
Con mayor confianza, llegó a contarme escasas cosas sobre sí: que venía de una de las chacras de un pariente suyo en Motupe y que estaba de vacaciones. Me reveló también, con mucho recelo, que iba a dar un pequeño cursillo de cinco días a algunos miembros de aquella comandancia, al que yo supliqué insistentemente asistir. Luego de ser interrogado como un reo y de ofrecerle información que me bajé clandestinamente meses atrás de una computadora del departamento de Inteligencia de esa comandancia, aceptó mi presencia en la capacitación a cambio de dársela. Posteriormente supe que aquellos cuatro disquetes eran perlas preciosas en su trabajo.
Muchos datos estaban encriptados pero eso no le importó. Inquirió demasiado por los disquetes. Pidió que le los entregara de inmediato, me acompañó a mi casa en Chiclayo y se los di. Me pidió además una copia de mi documento de identidad y dijo que ya estaba en el curso. Me sorprendió y me alegró eso a la vez. Un curso de no sé qué en el ejército no me venía mal. La información que le proporcioné las ofrecería a la comandancia del ejército de Piura (supongo que pediría algo a cambio) ya que entre estos había una rivalidad saludable por la modernidad tecnológica y de inteligencia. Por eso el general de la Sétima Di le compró en efectivo a la empresa donde yo trabajaba toda la red de computadoras. Aquella vez que cerramos la venta fui con mi jefe de Vigesa, Villalobos, quien llegaba de Lima tras ser operado de la próstata por tener vida de cachero. Villanueva abrió un portafolio y sacó los fajos de dólares para pagarnos todo. Desde allí me familiaricé con todo el personal de la comandancia, me quedaba casi todo el día ocasionalmente y por mi corte militar y mis borceguíes muchos me hacían oficial militar.
Sosa no me dio detalles del cursillo. Me dijo que fuera el siguiente sábado, en uno de los salones pequeños de la comandancia. Así fui tal lo acordado. En la sala nadie hablaba, parecía que no se conocían los participantes. Una ventaja para mí, pues nadie podría pensar que era infiltrado, ni siquiera el general se llegó a enterar. El agente no dio el nombre ni el tema del curso, simplemente empezó a hablar de seguimientos, interrogatorios, perfiles psicológicos, planos mentales de posición y ataque, secuestros, entierros, obtención de datos, terrorismo psicológico, falsificaciones y demás procedimientos de inteligencia. Me pareció muy interesante cada detalle de su disertación, la misma que las siguientes semanas se hacía más atractiva y sofisticada. Nos proporcionó unos manuales que aún conservo y algunos pequeños programas para computadoras en disquetes que ahora son obsoletos pero permitían el hackeo sistemático en aquel entonces.
Sosa era sereno, su bigote le otorgaba esa sensación de ser un buen oficial militar, disciplinado, respetuoso y correcto, a pesar de enterarme años más tarde que se encargó de torturar, matar y enterrar clandestinamente a muchas personas. Nunca más lo vi. Sé por Zambrano que le pagó cuatro mil dólares por aquellas charlas.
Mi labor como docente de aula en el colegio de secundaria de menores “Los Jazmines del Naranjal” no fue casualidad. Los militares de aquel grupo se encargaron de que la profesora Ana María Smith renunciase inexplicablemente a sus labores para que yo la reemplazara. Yo no tengo título pedagógico, pero de manera extraña dos personas fueron a buscarme a mi casa en Lince en junio del 99. Me dijeron que recoja en el cuartel general, en San Borja, unos documentos, y que tenía que dar informes sobre los movimientos del Sutep en San Martín de Porres, en especial de un tal Nílver López, principal dirigente, quien vivía cerca. Me asusté, hasta pensé que era broma, pero no fue así.
Llegué al pentagonito, como se le suele llamar al cuartel general del ejército en Lima. Tuve que tocar una ventanilla espejada. No sabía quién diablos estaba dentro. No pude hablar nada, sólo me pidieron mi dni, y sin explicación alguna me dieron ese misterioso sobre. Lo abrí y estaba un título de carrera informática de Ábaco Chiclayo a mi nombre, algunas resoluciones de haber trabajado en otros colegios y una carta de presentación del Ministerio de Educación. Obviamente, todos esos documentos eran falsos. Pensé de inmediato en Sosa, de quien no me daban razón cuando lo busqué en las oficinas del cuartel.
Mis reportes a la casilla postal que me asignaron eran vacuos. Eso era un demérito militar, además me importaba poco, yo estaba feliz de trabajar como profesor allí. Tenía los papeles listos y la confianza de alumnos, profesores y plana directiva. Mi sueldo no era alto pero cubría mis necesidades de soltero en mi casa de Lince. Aún sentía temor de ser visitado por esos dos agentes.
Sólo trabajé en el colegio Los Jazmines hasta el año dos mil, pero reporté al Servicio de Inteligencia del Ejército (SIE) hasta fines del 99. Sentía siempre el temor de ser descubierto en el colegio por mis papeles falsos, pero no fue así, incluso me permitió trabajar en varios colegios de Chiclayo los siguientes años .
La labor docente y afines me permitió el año 2006 viajar a Valencia, Venezuela en calidad de asesor educativo. Vivía en un lujoso departamento en La Trigaleña, con todas las comodidades del caso. La zona era exquisita, llena de naturaleza, gente extranjera y adinerada, con un clima espléndido. Mi ingreso por migraciones fue perfecto.
A los pocos meses de estar en allí sentía una furtiva pero feroz persecución. Yo sabía de quién se trataba. Era un poderoso empresario de Valencia, un multimillonario, patán religioso, de imagen imponente, alto, revejido y calvo. Este adinerado e inteligente sujeto detestaba mi presencia en su ciudad. En una ocasión dejó grabada en la contestadora telefónica una amenaza de desaparecerme. Su habilidad diplomática y su poder económico, político y social, hacían imposible aferrarme a alguna ayuda policial. No me sorprendían sus cobardes amenazas, pero me tenían mucho más que alerta en la calle, más aún cuando me iba a pie a dar clases de natación en el club sirio de Valencia. Todo esto antes de la furtiva y vertiginosa entrevista que tuvimos en una ocasión (que detallaré en otra oportunidad)
Cómo yo, un extranjero, en calidad de turista, podía enfrentarme con una persona tan poderosa? Qué herramientas podría utilizar en ese entonces? Me vi obligado a recordar esos al agente que conocí el 96, quien me había dado el camino a seguir.
Continuará
maldito paranoico
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