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EL REINO DE LA FALACIA
(Un Paranoico en paranoia. Parte II)
La religión en Latinoamérica tiene mucho poder. Más aún en Venezuela, donde cada día caen en sus redes miles y miles de víctimas. El caso es similar a la generosidad de un joven devoto de los años 90 que se transformó repentinamente en un monstruo de tendencia maquiavélica en el nuevo siglo. La embriaguez de poder atrapa al humano de manera energúmena y violenta.
Franco era alto, barrigón, ojón, calvo y feo. Se parecía mucho a Homero Simpson. Me llevaba apenas un año y medio aproximadamente, pero parecía un hombre de más de cincuenta años de edad. Sin embargo era muy diplomático, inteligente, gentil, persuasivo, enamorador y sutil, todas las características necesarias que un líder religioso debería cultivar para tener a miles de personas a sus pies. El resto lo conseguía por su capacidad económica, su influencia correspondiente y su poder.
Y su “reino”, como solía llamar a su poderosa y espiritualizada organización empresarial – que empezó como grupete religioso donde él y su entonces esposa eran los mediadores sagrados de Dios - estaba conformada por un séquito de personas dispuestas a morir literalmente por él.
Aunque me fue útil, hubiese preferido no haber asistido a aquellas clases del agente Sosa. Vivir mirando atrás y a los costados a cada instante no es una manía agradable, menos aún dormir a intervalos y vigilante. Luego de peligrar mi vida, no sólo por la amenaza telefónica, sino por una serie de acciones inteligentes para mostrar su poderío hicieron que tomara una serie de acciones que me resultaron poco gratas pero efectivas.
Mi alternativa primera era recurrir a mis viejos apuntes, que felizmente llevé en un cuaderno desde Lima. Primero, me pasé horas escuchando con mucha atención cada una de sus historias, estilo de vida, modos de trabajo, los completos detalles de su rutina diaria. Su vida era secreta, pues sus discípulos no estaban enterados que dormía con su ex amante en su desconocida mansión valenciana. Lo sabían sólo y triste, añorante de su ex vida conyugal, la cual destrozó con frenetismo, aunque nadie lo supiese. Me pareció interesante conocer eso, puesto que me demostraba una debilidad importante en un hombre poderoso. Ya lo citaba Sosa de Sun Ztu: “Hasta el más poderoso tiene sus debilidades, y éstas hay que aprovecharlas”.
La información, por ende, era muy importante para mí, desde la más compleja hasta la más pequeña y trivial. Pude hacerme de su cuenta de correo electrónico de cantv y consecuentemente la de su empresa, la de hotmail y del mismo modo la del resto de sus trabajadores. No me tomó mucho trabajo. De hecho, Sergio, joven programador que se hizo amigo mío me ayudó con un software de hackeo total, que aún busco sin éxito entre los cds que traje.
Aprovechaba ciertos días en mi recorrido por las calles para seguir algunos de sus autos en taxi. Me sabía de memoria todos los números de placa, la de sus principales trabajadores y clientes (algunas de sus secretarias eran sus amantes también), los registros de sus empresas, las públicas y las furtivas que tenía, números de teléfono, direcciones y muchos otros datos que apuntaba. Para entonces tenía una memoria súper lúcida a pesar que andaba como soldado en guerra mirando de un lado a otro. El rastreo me sirvió enormemente: cada mensaje de texto que leía de sus asesores, de sus celosas asistentes y de su cuenta personal, me daban mayor luz de sus debilidades. Ya había conseguido entrar a su empresa para sacar algunas cosas viejas con mi amigo Lucas, quien se desafilió voluntaria y resentidamente del séquito de engañados por el falaz religioso. Su lugar de trabajo ya lo tenía fotografiado en mi mente. Lastimosamente aún lo recuerdo.
Curiosamente, en una oportunidad se acercó a la camioneta de Lucas un tipo en una moto. Era chileno, de alrededor de 45 años. Era uno de sus principales sicarios, que le decía a mi amigo que corría peligro porque el patán religioso planeaba algo. Yo me di cuenta que era una trampa psicológica, la había aprendido antes y lo tenía apuntado en mi cuaderno. Pero este inculto y cretino matón hablaba más de la cuenta, me permitía comprender el verdadero propósito de su jefe, además de darme datos adicionales de sus movimientos. Lucas, apoyado por el gobierno chavista, andaba en querella con el barrigón por una finca que ya ocupaba.
Pero además de su trabajo también conocí su casa, la entrada, incluso pude pasar la exigente vigilancia, todo truco aplicado aprendido de Sosa. Nadie la conocía, ni sus propios trabajadores. Era vecino del alcalde en una zona residencial. Allí estableció una ridícula granja al estilo mansión hollywodense. El dinero lo hace todo. Supe cuál era su habitación y dónde guardaba sus autos y en cuál salía. Tenía el teléfono de Norma, su secreta conviviente y las cuentas bancarias que ella manejaba. La tecnología puede todo, y simplemente desde una computadora.
Su chofer y guardaespaldas era un viejo imbécil: una vez perdió su pistola en una diligencia con la madre de sus hijas. Tengo en mi poder la copia de denuncia. Me tenía sin cuidado su presencia, y era patente que yo no le agradaba, pues me miraba como marcándome de pies a cabeza. Este chato te tiene pisado – le decía en silencio, burlándome de su rostro de felón y lacayo. Era inofensivo y no pasaba de ser un perro guardián, mientras que yo era en ese entonces un gigante intelectual y, por fuerza, un agente cuyo objetivo era salvar su propia vida.
Con los datos anteriores llegué al acceso de sus más importantes contactos en Estados Unidos, quienes lo consideraban un fervoroso hombre de Dios y le proveían, por lo tanto, las facilidades para sus abundantes y lucrativos negocios.
“Cuando tu enemigo ataque repliégate, cuando descanse ataca y lo herirás estando débil”. Sosa lo sabía muy bien, y Sun Ztu no se equivocó.
Yo tenía dos acciones básicas: Un mortal contacto masivo, con pruebas de su desfachatez para desacreditarlo, ante sus clientes y conocidos norteamericanos y el resto de Latinoamérica, incluida la prensa. Duro golpe para un hombre y padre ejemplar, una divinidad de persona y un respetable predicador. Tenia grabada una sesión sexual con Páprika, una de sus asistentes, cuyos gritos de placer se escuchaban hasta donde los vecinos, además de documentos que conseguí que lo denigraban escandalosamente. Las casualidades de la vida y mi olfato aprendido en el curso me llevaban a encontrar esas reservas de valor. Además, tenía en su cuenta de correo unas facturas de viagra que le enviaban de Norteamérica, puesto que sabía que sufría de disfunción sexual por sus problemas diabéticos.
La otra acción era determinante: Es la que nos jugamos todos los hombres ante la guerra. La guerra de este mundo. Matar antes de que te maten. No tenía otra elección. Sólo esperaba el punto de partida en una mínima de su acción. Mi manual de terrorismo y guerrilla urbana que aún conservo fue fundamental. La bomba de gasolina en su moderna camioneta Explorer verde tenía que ser letal. Había aprendido, con un amigo, a abrir la puertilla del tanque de gasolina, y la pelotita de ping pong con un simple contenido harían explotar en 20 minutos aquella máquina de transporte. Habían tantas muertes en Caracas, y de grandes empresarios. Una en Valencia no sería novedad. Ya lo habíamos practicado en el cursillo con Sosa una tarde. Un taladro fino y la pelotita. Más fácil no se puede, el drano líquido derretiría la pelota en menos de media hora y al mezclarse con la gasolina crearían un coche bomba fatal en pleno movimiento.
El religioso no era tan hombre como parecía. No se acercaba a la residencia donde yo vivía, como nunca antes. Pero era tiempo para planificar una acción. Y lo hacía. Ya sabía dónde quedaba mi casa en Lima, con quiénes vivía, toda mi familia, mis falencias, todo mi perfil estudiantil, laboral, condición socioeconómica y etcétera. Ya me había investigado minuciosamente. Su contacto en Lima era un tal Farid, empresario cuyas oficinas quedaban en Miraflores.
Estábamos en una guerra fría. Sólo faltaba saber quién apretaba el botón. Pero ocurrió algo que tornó las cosas de manera diferente, sin que el peligro y las escaramuzas bélicas disminuyeran. El plan tenía que ser intelectual.
Con qué propósito me citaría este grasoso hombre religioso? Quién dispararía primero? Cuál fue el desenlace? Sosa también tuvo las respuestas antes de que sucedieran.
Continuará.
maldito paranoico
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